sábado, 6 de mayo de 2017

INVERSION Y ECONOMÍA DEL COMPORTAMIENTO


La inflación alta y volátil afecta nega­tivamente la inversión, especialmente la de plazos más largos. Esto es porque los cambios continuos en los precios relativos hacen que la actividad resulte demasiado riesgosa. ¿Pero qué ocu­rre con los determinantes de la inversión en contextos más estables?

En un artículo publicado en un blog el economista Paul Davidson, editor del Journal of Post Keynesian Economics, describe su particular intercambio con el administrador de un restaurante. Ambos cenaban en un negocio semivacío, cuando Davidson preguntó si una reduc­ción de impuestos o una menor regulación estatal de su negocio lo incentivarían a tomar más empleados (cocineros, mozos, lavacopas). La respuesta nada sorpresiva del dueño fue que lo único que lo impulsaría a aumentar el empleo es ver más gente sentada en sus mesas: no invertirá ni empleará a nadie más hasta tanto no vea su negocio lleno de gente.

¿Qué dice el modelo neoclásico sobre los deter­minantes de la inversión? En él las empresas racionales se fijan en la rentabilidad, no en la actividad económica. Esto es porque lo que dirige los incentivos en ese modelo son los precios (la ganancia), en lugar de las canti­dades (la actividad). Pero esta es una psicología extraña. Cuando se le preguntó, el administrador del restaurante no asoció menores impuestos o costos de regulación con la decisión de ampliar su negocio. Estas medidas podrían convencerlo de no abandonar el restaurante por un tiempo si le va mal, pero la necesidad de ampliar algo surge cuando ya no alcanza con lo que hay. La inversión, ampliar la capacidad productiva, ocurrirá solo con almuerzos y cenas llenos de clientes. Mien­tras que una baja impositiva no le presenta al empresario ningún dilema nuevo (solo el placer de ganar más dinero), un restau­rante repleto le da una señal clara: no hay espacio suficiente para gente que quiere gastar en mi local.

Como era de esperar, la evidencia empí­rica que relaciona la rentabilidad (neta del efecto de la demanda) con la inversión es escasa. La cuestión parece haber sido saldada en el trabajo de Chirinko (1993). De hecho, los surveys de Sharpe y Suarez (2014) y de Caballero (1999) refieren a ese autor como dueño de la evidencia definitiva. Esto obligó a varios economistas a buscar explicaciones cualitativas: el clima de negocios, la confianza, el mantenimiento de las reglas de juego, el cumplimiento de los contratos y el respeto a los derechos de propiedad. Estas son todas variables difíciles de medir. Y podría decirse que  algunas de ellas son “la medida de nuestra ignorancia”, y reflejan simplemente la incertidumbre que impera ante toda decisión económica.

La Economía del Comportamiento ha documentado algunas vici­situdes y complejidades que rodean a las decisiones de inversión. Los agentes deben simplificar el contexto y usar reglas simples, ¿pero cómo lo hacen? Un atajo posible es tratar de definir primero una variable saliente, un aspecto del negocio que sea relevante para la decisión. Por ejemplo, si el costo de financiamiento para una inversión es inusualmente bajo (quizás por un sub­sidio que lo abarate mucho), se encarará el negocio. O si se espera para el futuro un alto precio de las propiedades, esto puede concretar una inversión inmobiliaria. En el primer caso, la variable saliente es una tasa de interés conveniente (baja), mientras que en el segundo es el alto precio esperado del inmueble.

Pero estas variables dependen de cada negocio en particular. ¿Cuál es la variable macroeconómica saliente por excelen­cia? La más utilizada es simplemente la tendencia reciente de la demanda. Una demanda que “viene bien” augura buenas ventas futuras, de modo que el ambiente será propicio para invertir. Por supuesto, la predicción podría cambiar si tenemos la sospecha de que se producirá un cambio importante en otra variable relevante. Por ejemplo, en un negocio agropecuario la predicción sobre la próxima cosecha podría asociarse con la del año anterior, pero una sequía o una inundación cambiaría nuestra estimación.

Si bien este tipo de heurística parecen perfectamente natu­rales, el modelo neoclásico las considera subóptimas, es decir, no racionales. Pero esto es un error, ya que las reglas simples tienen muchas ventajas. Su aplicación es directa, no es necesario gastar demasiados recursos ni acudir a lógicas abstrusas para tomar la decisión. Si fallamos, sabremos por qué y podremos corregirlo. Otra es que, si la regla es sufi­cientemente simple a la vista de todos y es utilizada por muchos inversores, un fracaso personal se vive como un fracaso general y no como un error propio, lo que sería más duro de sobrellevar. Las reglas simples reducen los costos psicológicos de los errores.

Pero las reglas simples no siempre ayudan al buen funcionamiento macro­económico, ya que pueden crear dinámicas inestables. Alta demanda esperada potenciará la inversión y el creci­miento, pero un shock negativo operará en sentido contrario. Dos economistas “behavioral”, Loewenstein y Prelec (1992) explicaron esta dinámica inestable por un sesgo de conducta. En su modelo, durante la parte positiva del ciclo los inversores deciden entre dos opciones positivas: tomar ganancias ahora o lograr mayores ganancias futuras. Como la impaciencia es menor para las ganancias que para las pér­didas, la decisión más probable será invertir. En cambio, en la parte negativa o baja del ciclo, la elección es entre dos potenciales pérdidas: perder ahora por no invertir o bien invertir con el riesgo de perder en el futuro. En esta elección la impaciencia es mayor, por lo que la reacción más probable será la de “asegurar” las pérdidas actuales y no invertir.

Como vemos, en las decisiones de inversión hay razones psicológicas que explican el uso de reglas simples para decidir una inversión, lo que en términos macro significa que la economía está sujeta a potenciales situaciones de inestabilidad. Keynes entendió muy bien este problema, los neoclásicos no.



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