sábado, 7 de enero de 2017

¿QUE HAY DE NUEVO BEHAVIORAL?

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Ya todos estamos al tanto de los sesgos cognitivos humanos que nos alejan del homo economicus racional. Pero… ¿qué hacemos con ellos?

Para empezar, son demasiados. En Wikipedia se listan nada menos que 165, casi una enciclopedia de fallas que nos hace quedar bastante mal siendo que nos consideramos la especie más inteligente. Varios se han preguntado cómo es posible que hayamos ganado la carrera evolutiva con tanto sesgo a cuestas. Jason Collins, un economista australiano que estudia los vínculos entre economía y evolución no cree que debamos insistir en querer “corregir” estos supuestos errores. Al contrario, debemos reconocerlos como el conjunto natural de capacidades que nos dejó la evolución, y que a veces nos sirven, y a veces no.

Gerd Gigerenzer, un psicólogo alemán especializado en estos temas, va más allá y plantea que lo que para la teoría racionalista es un pifie, pudo en realidad ser un gran acierto para nuestro éxito evolutivo. Para él, los atajos intuitivos son muchas veces una mejor solución que una interminable evaluación de complejas alternativas a las que nos tienen acostumbrados los modelos económicos tradicionales. Gigerenzer también afirma que nuestras limitaciones para comprender las probabilidades pueden superarse simplemente si las transmitimos más intuitivamente. Pocos saben qué significa que mañana habrá un 30% de probabilidades de lluvia, pero si explicamos que llovió en 3 de cada 10 días con las condiciones meteorológicas que habrá manaña, sabremos cómo decidir mejor.

En nuevos experimentos han aparecido versiones interesantes de viejos sesgos. El economista Daniel Gilbert, que ha estudiado en profundidad la felicidad, le encontró una vuelta de tuerca optimista a nuestros sesgos para predecir. Según él, nuestras vidas cambian mucho más de lo que creemos, aun cuando somos “viejos”. Creemos que a cierta edad ya hemos definido nuestra personalidad, pero la verdad es que aun con muchos años seguimos cambiando. Gilbert preguntó a personas de 40 años cuánto creen que pagarían dentro de 10 años por escuchar a su banda favorita, y la respuesta fue 130 dólares. Pero al preguntar a gente de 50 años cuánto pagaría por ver a su banda favorita de 10 años antes, la respuesta fue apenas 80 dólares.

¿Debemos ser más optimistas entonces? Depende. La neurocientífica Tali Sharot estudió mucho la cuestión del optimismo y llegó a una conclusión mixta. Por un lado, pecamos de excesivamente optimistas, especialmente con lo que nos toca de cerca. Al momento de casarnos, nadie cree ser parte de la estadística que dice que 2 de cada 5 parejas se divorcian. Tres de cada cuatro padres consideran que sus hijos vivirán mejor, pero solo el 30% de la gente considera que hoy se vive mejor que en los tiempos de nuestros abuelos. El punto es, por tanto, que creemos que las estadísticas negativas aplican a los demás, no a nosotros. Cada vez que un fumador lee esas horribles estadísticas de cáncer en el paquete de cigarrillos no se asusta, porque piensa que a él no le va a pasar.

Pero Sharot también encuentra que el optimismo puede ser beneficioso. Las estadísticas dicen que los que creen que les va a ir bien, les va mejor. Pero además, los humanos obtenemos placer al anticipar buenos momentos. Cuando se le pregunta a la gente cuánto pagaría por esperar para darle un beso a su celebridad preferida, el pago máximo no es para un beso ya, sino dentro de tres días. La razón para esta especie de tasa de descuento subjetiva negativa es que uno disfruta imaginándose y preparándose para el gran evento. Y es la misma razón por la que la gente prefiere los viernes, un día laborable, a los domingos, que no lo es. El secreto está entonces en ser optimista, pero siendo consciente de que exagerar puede resultar peligroso.

Otro que descarta la eliminación pura y llana de los sesgos y en cambio plantea que los usemos para nuestro beneficio es Paul Bloom, un cientista cognitivo canadiense suficientemente incorrecto como para decir que, en determinadas circunstancias, la empatía puede ser nociva y el prejuicio conveniente. Estas emociones humanas han sobrevivido con nosotros, y por algo debe ser, razona. El prejuicio, por ejemplo, nos permite categorizar y nos ayuda a hacer conjeturas útiles. Además, ser diferentes muchas veces nos pone orgullosos, como cuando resaltamos nuestro patriotismo. Y aunque uno sea un cosmopolita convencido, seguramente reconocerá la importancia de que su familia o sus amigos sean diferentes a los demás. El prejuicio nos viene más “cableado” de lo que nos gustaría reconocer: los bebés prefieren a los muñecos que tienen sus mismos gustos, e incluso prefieren a los muñecos que castigan a los muñecos que no tienen sus mismos gustos.

Es cierto que el prejuicio trae consigo muchos males, como el racismo y la intolerancia. Pero no podemos erradicarlo sin más. Bloom aboga por usar la racionalidad para limitarlo. Así como el libro La Cabaña del Tío Tom seguramente desembocó en el fin de la esclavitud, series como Modern Family o Will and Grace pueden contribuir a reducir los prejuicios sobre la elección sexual. Alguna vez Adam Smith comparó el dolor de una masacre de miles de personas en un lugar alejado, con el malestar personal de perder el dedo meñique. Concluyó que esto segundo es, y seguramente seguirá siendo, mucho más traumático para cada uno de nosotros. Esto, que es inevitable, puede sin embargo limitarse con inteligencia, estableciendo nuevas costumbres, dictando leyes, y marcando tabúes.


Las nuevas investigaciones sobre sesgos parecen encaminarse a concluir que su corrección lisa y llana puede ser inútil. Que es hora de reconocerlos como parte de nuestra humanidad, y de usar técnicas inteligentes para usarlos a nuestro favor, como personas, y como sociedad.

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