Opinen, opinen, que lo demás no importa
Supongamos que existiera la
carrera de opinólogo. La licenciatura en opinología tendría por objeto,
digamos, poder opinar sobre cualquier batata. Trayectoria de meteoritos,
auditoría de balances de empresas, epistemología de la química inorgánica, técnicas
no orientales de origami, psicología del envenenamiento de maridos, análisis
técnico de la bolsa de valores. Al recibirse uno debería poder hacer
afirmaciones sobre todos estos temas sin inhibiciones, y con la seguridad de un
experto en la materia.
Y no me vengan con que esta
carrera no se puede armar. Para empezar, muchos ya la practican: en los medios escuchamos
a diario a neófitos opinar sobre cualquier tema con información mínima, calidad
analítica escasa, y un enorme potencial para caer en falacias lógicas. Periodistas,
políticos, economistas y abogados pululan reflexionando a pedido, sin negarse a
hacerlo aun si ignoran el tema olímpicamente. Por otra parte, Opinología podría
tener unas cuantas materias interesantes. Se podría enseñar el arte de parecer un experto en los campos que
uno desconoce. Quizás algunas materias enseñarían el arte de convencer, de cómo elaborar el mejor
sofisma. O también se aprendería a refutar
cualquier argumento, por lógico, racional, o verificable que fuera.
¿Cuán científica es la
Licenciatura en Opinología, doctor? Como la presenté, muchos la condenarán como
nociva para la sociedad, y seguramente la considerarán una pseudociencia más.
Yo opino igual, pero… ¿con qué criterios dejamos a esta noble disciplina afuera
de las ciencias? Podríamos decir que Opinología no cumple con requisitos
usuales del método científico. Por ejemplo, no produce ninguna afirmación que
sea demostrable o refutable. Tampoco tiene contenido empírico, no diseña
experimentos naturales o teóricos, y de seguro la mayoría de sus resultados no son
reproducibles. De acuerdo entonces en condenarla. Pero miremos un poco qué pasa
con otras disciplinas que también son llamadas “ciencias”.
¿Ciencia económica al banquillo?
Eximamos del juicio por el momento
a las ciencias “duras”. Matemática, Física, Química, Ingeniería y sus
relacionadas se llevan bastante bien con el método racional y empírico
tradicional. El momento traumático de esta historia aparece, por supuesto, con
las ciencias sociales, y en particular con las “ciencias económicas” (no, no me
voy a dejar pegar como Bunge).
Por empezar, no soy muy fan de
esas dos palabras juntas. No estoy seguro de que haya una “ciencia económica” y
mucho menos de que haya más de una. Pero lo que quiero decir es que el análisis
económico, el de la Licenciatura en Economía en particular, se presenta como
ciencia con demasiada liviandad.
La economía elabora teorías muy
diferentes entre sí, en sus supuestos, en su construcción y en su
funcionamiento, para explicar los mismos sucesos. En parte por eso la economía es
candidataza a ciencia “opinóloga”: dentro de su corpus teórico se puede explicar o defender casi cualquier
argumento. ¿Usted tiene mucha deuda? Don Pepito opina que usted es una persona
creíble a la que le dan crédito. Don José en cambio asegura que usted es un
gastador compulsivo que entrará en default
en muy poco tiempo. ¿Su balanza comercial es positiva? Tom cree que esto es una
excelente noticia que le permitirá generar empleo y ahorrar dólares. Pero Jerry
le informa que, en la práctica, su país trabaja para el extranjero y consume
muy pocas importaciones, limitando las posibilidades de expansión tecnológica
de sus inversiones.
Un corolario de estas indefiniciones
teóricas es que el componente ideológico es el que suele terminar con la
discusión. Casi no es posible hablar de “economista” sin agregar luego un
adjetivo que lo defina en el espectro político. Nada bueno para una ciencia que
se precie de tal.
Bueno, ahora en serio… o no tanto
Pero de seguro, pensará el lector
lego, existe en el fondo una “verdadera ciencia económica” que sobrepasa estas
disputas de meros mortales, y que define la cuestión. ¿No es obvio que toda
disciplina tiene claro lo que sabe y lo que no? Bueno… no. Existe algo que en
economía se llama “mainstream” o
corriente principal (también llamada ortodoxa o neoclásica), que domina la
currícula de la mayoría de las universidades. Pero sus afirmaciones, incluso
las más obvias, muchas veces no pasan el test de la realidad.
Para ver esto, concentrémenos
exclusivamente en algunas ideas ortodoxas sobre el mercado de trabajo. En la
teoría regular un aumento del salario mínimo debería dañar el empleo y su
calidad, pero los datos hasta ahora vienen sugiriendo que esto no es así,
incluso en Argentina.
La teoría también dice que los continuos influjos de inmigrantes deberían
reducir los salarios para los empleos que ellos vienen a disputar, pero el
efecto es mínimo. ¿Y no es
obvio para todos que los programas sociales de ayuda deberían reducir el
esfuerzo de búsqueda de trabajo de los beneficiarios? Bueno, parece que no.
En otras cuestiones las disputas
permanecen irresueltas por la dificultad que tiene la economía de elaborar
experimentos empíricos más o menos definitivos. Sí, está lleno de economistas
que te van a decir que se comprobó mil veces que la emisión de dinero va
juntita con la inflación y es evidencia de que la causa, pero otro grupo tan
enorme como ese te va a explicar que no, que quizás como los precios aumentaron
(por otras razones), los individuos demanden más dinero para hacer esas
transacciones que ahora son más caras, obligando así al Banco Central a emitir dinero
para evitar una recesión. Correlación no implica causalidad, y probar esta
última es un asunto complicado, de modo que esta pelotera difícilmente se zanje
en lo inmediato. Ojo que la insuficiencia de definiciones empíricas no es un problema
meramente técnico: la economía ha desarrollado una disciplina completamente
novedosa para tratar estas cuestiones: la econometría, y está repleto de nerds
economistas-estadísticos que se la pasan viendo cómo hacer para medir cada vez
mejor.
¿Y dónde está el problema? Racionalicemos…
Pero entonces, ¿cuál es la causa
principal de tanto lío y tan poca ciencia? Aquí hay posturas varias, como en el
kamasutra, pero una creciente cantidad de economistas y psicólogos está
empezando a creer que el problema es “la gente”. O mejor dicho, la diferencia
entre lo que la economía cree que hace
la gente, y lo que realmente hace la
gente. La teoría económica tradicional usa como supuesto imprescindible para el
comportamiento de la gente al homo
economicus racional, un gato que contiene la mezcla justa de calculista
avezado y un fuerte egoísmo individualista. Un homo economicus no te deja billete en el piso por levantar, impuesto
por eludir, ni se va a andar metiendo en deudas que después no pueda garpar.
Esta racionalidad económica, simbolizada en nuestra disciplina con el célebre
náufrago Robinson Crusoe, nos vino al pelo para desarrollar miles de teorías
elegantísimas, y de todos los colores.
Y sin embargo, la verdad es que no
somos ni tan egoístas ni tan buenos calculistas. Miles (miles de verdad) de
experimentos confirman, uno tras otro, que la sospecha de racionalidad limitada
(y varias veces limitadísima), está más que fundada, sobre todo cuando se trata
de las decisiones económicas. Tanto es así que nació una corriente económica
nueva, Behavioral Economics (Economía
del Comportamiento), que está repensando mucho de la teoría partiendo de la
idea de que nuestras decisiones están repletas de sesgos y fallos lógicos (y que
según Wikipedia suman nada menos que… ¡165!)
La pelea más intensa que se
suscitó con la aparición de la economía del comportamiento fue epistemológica:
¿está bien hacer teoría económica partiendo de supuestos tan poco realistas? La
respuesta mainstream no se hizo
esperar: los supuestos no tienen por qué ser realistas porque los modelos, en
ciencia, se basan en simplificaciones que nunca reflejan la realidad exacta. Acto
seguido, estos muchachos citan sin ruborizarse los ejemplos de la física y los
“experimentos ideales” que usan para finalmente establecer leyes de la
naturaleza. Gulp.
Claro que si esta forma de hacer
ciencia se aceptara literalmente, podríamos justificar absolutamente cualquier
cosa. ¿Cómo diferenciamos una buena de una mala teoría económica? El economista
mainstream por excelencia, Milton
Friedman, contestó que lo único que importa es el poder de predicción de la
teoría. Bien instrumentalista, bien popperiano el tipo. Pero claro, si revisás
un cachito para arriba este texto, verá que ya te conté que la evidencia
empírica en economía da un poco de todo. O sea que usamos supuestos erróneos, y
las predicciones no definen mucho. Caramba… caramba…
Economistas, a las cosas
Nobleza obliga, hay que reconocer
que es muy fácil acusar a las ciencias sociales de no cumplir con todos los
preceptos del método científico. Y seguramente es imposible que estas
disciplinas maduren hasta ser plenamente científicas, por la propia naturaleza
de su estudio. Pero esta no es excusa para sacarle el culo a la jeringa. Si la
economía no logra resolver sus discusiones más básicas mediante la validación
empírica, y los modelos que testeamos tienen los supuestos de comportamiento de
los marcianos, deberíamos hacer un esfuerzo por mejorar lo que tenemos. La
economía desarrolló hasta límites exasperantes su capacidad analítica, tanto en
la teoría como en las mediciones empíricas, pero seguimos asumiendo que nuestra
conducta es la de un homo economicus.
Pero pese a esto, en varios casos la teoría no refleja la realidad. Por lo
tanto, sería raro pensar que estas hipótesis no funcionan porque les falta
rigor, precisión matemática, o técnicas más avanzadas de evaluación práctica.
Durante más de un siglo los
economistas mainstream se ocuparon de
borrar el análisis del comportamiento humano de la disciplina. Se consideraba
que eso no debía formar parte de una profesión que debía parecerse más a la
ingeniería y a la física que a la “débil” psicología. Pasó el tiempo y la
repetición de las crisis, los debates inconclusos, y los fallos permanentes de
las predicciones, sugieren que este camino nos llevó a un laberinto del que hoy
pocos sabemos cómo salir.
Algunos extras sobre lo que te contamos.
Sobre la epistemología de
Friedman, acá está la pieza clave:
La economía del comportamiento
está que arde y hay miles de fuentes. Aquí una guía:
Sobre cómo se borró del análisis
económico a la psicología:
Y aquí un par de aportes que,
humildemente, escribí sobre el tema (tenés que buscar los que dicen Pablo
Mira):